Toda una odisea para ver al cantante de vallenato, Jorge Celedón, en las ferias de San Sebastián de Los Reyes; estado Aragua - Venezuela
Es sábado. Mi reloj marca la 1:20 de la tarde. Me encuentro en la estación Capitolio del Metro de Caracas, esperando a mi prima, Yulimar, y a su novio, Leonardo (quien es uno de mis mejores amigos); para llevarlos a la feria de San Sebastián de los Reyes, en el estado Aragua, a ver la presentación del cantante de vallenato, Jorge Celedón.
A ellos les agrada todo tipo de música como a mí. Pero sé que para Leonardo, el gusto por la música colombiana tiene raíces familiares, por parte materna. La ocasión es perfecta para compartir, y ver - por primera vez en mi caso - a su exponente vallenatero favorito.
Llegan puntuales. Tomamos la ruta en dirección a la estación La Rinconada, con intención de abordar el tren que se dirige a Cua, en Miranda. Era emocionante, porque yo tampoco conocía ese - relativamente nuevo - transporte. La cola era inmensa en la estación terminal. Aprovechando la espera, me aparté de mis acompañantes, para ver la obra. Al caminar frente a una taquilla que estaba cerrada, observo que alguien la ocupa de repente y dice: “Abierto. Pasen por acá”. De la emoción compré seis fichas de pasaje. Todo se mostraba perfecto.
Casi perfecto. En el andén, había el triple de gente esperando el ferrocarril. Pero llegó el tren. ¡Qué frío hacía en el vagón! Era realmente notable lo nuevo del sistema. Menos mal que en 20 minutos llegamos a Cua.
Ahora el calor se hacía protagonista en el terminal de pasajeros. Otro rato después, nos hallábamos en una guagua o bus “extra-viejísimo”, que nos llevaría al antiguo pueblo aragüeño. Aunque no arrancó hasta no llenar el último asiento.
La gente se fue quedando en el camino: Aparay, Betania, Yagual, El Loro y Boca del Negro. Ya en San Casimiro sólo quedábamos cinco en “la cafetera rodante”. Tuvimos que esperar otro vehículo para hacer trasbordo. Eran las 4:00 de la tarde. ¡Dios!
Cruzamos la carretera en unos 30 minutos más, hasta quedarnos en el caserío Chaparral, para quedarnos en la casa de campo de mi padre, para partir en la noche al complejo ferial.
Supongo que estuve en piloto automático mientras cenamos. Porque vimos el juego de beisbol entre Leones del Caracas y Tigres de Aragua, nos alistamos para salir de nuevo, y sólo recuerdo estar en otra inmensa cola - ésta vez de autos - para llegar a la feria. ¡Tres horas!
La 1:30 de la madrugada. El parque de atracciones se mostraba vivo, lleno de luces. Kioscos de comida y bebidas, centros de juego; así como las ventas de bisutería rellenaban el lugar. La imponente manga de coleo - ya desprovistas de toros - servía al encuentro de parejitas.
El animador iniciaba su discurso de presentación, cuando mi reloj dictaba las 3:20. Al fin, los músicos de Celedón probaban sonido. Asistentes, sacaban de su maleta, el cuarto instrumento del acordeonista, Jimmy Zambrano, y lo ubicaban al frente, cerca de las botellas de agua.
Todo estaba a tono. Abrazo a mi prima, ella besa a su novio. Mas un empujón colectivo nos llevó de golpe, dos metros más adelante.
- ¡Se escaparon los toros! – fue lo que oí decir a alguien.
La gente corría sin saber por dónde salir. Yulimar se agarraba del brazo de Leonardo. Yo me aferraba al pantalón de una desconocida. A mi lado pasó un hombre con el rostro ensangrentado. De inmediato, unos policías. Al parecer, no hubo toros en estampida sino botellas en el aire.
¡Qué pena con el Celedón! Aunque no crean, ya yo quería arrojarle botellas al “paisa”, para que terminara de salir. Pues, no pasaron más de cinco minutos cuando sonaron los acordes de “Parranda en el cafetal”.
Allí estaba el hombre, cantando mientras “brincaba en un solo pie”. Cantó durante hora y media, sus éxitos: El Invierno Pasado, Ay Hombe, No Todo Puede Llamarse Amor, Que Te Perdone, Olvídala; entre otras.
No sé quién quedó de reina, ni cuantos años cumplía el pueblo. No me enteré de cuales otros grupos cantaron luego, ni quien ganó en la manga de coleo. De hecho, no me gusta tanto el vallenato, pero compartir con mis invitados, sus gustos y pasiones; así como aventurarnos a viajes inimaginables y a las sorpresas del camino, bien me hicieron sentir “qué bonita es esta vida”.
Eiker David Romero